Angel M. Ramírez

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Del lenguaje a la intencionalidad

Del lenguaje a la intencionalidad

Mucho de buen humor y bastante más de exigente factura, aplicada a un propósito y sin permitirse devaneos con otras formas. Un viaje que va al medievo —lo llaman «medievalismo»— y toca en nuestras circunstancias actuales, sonrisa que se permite la creación postmoderna en su aleación y reto. De la etapa «oscura» en el desarrollo del arte toma la figuración directa, casi pueril, la frontalidad de sus personajes y un aire de insoslayable convite en sus representaciones. De la actualidad, la ironía, esa «otra lectura» que se confronta con sus espectadores. Algo de esto tiene la obra de Ángel Ramírez, quien viene del grafismo y a él se devuelve en constantes oleadas. Conocedor de la trayectoria del arte, se apropia de antiguos códigos para incursionar en la actualidad, sin que esto resulte obvio, o por explícito, aburrido. Por supuesto que no se contenta con asir los códigos medievales, sino que los trastrueca, los expone a nuevas contingencias, aprovecha su rigidez, que le permite un disfrutable extrañamiento. En este sentido, una de sus piezas memorables, que no integra esta muestra, es la cópula de Adán y Eva con batientes (2000), titánico juego entre la estructura, las referencias medievales y la inexpresidad de los protagonistas para la representación de una escena sexual donde la hembra toma la iniciativa. Ese ajenamiento pincha el humor de nuestro tiempo y sintetiza el «método Ramírez».

Como los artistas medievales, él conoce las gananciosas virtudes del arte romano, pero ha escogido el hieratismo y la rigidez del medievo, del gótico, iconografía que no arriesga la comunicatividad. En esta «operación» hay una búsqueda que trasciende lo lúdrico y nos propone esquinas provocadoras en el camino de la fruición artística. El sentido de juego se agiganta al permitirnos degustar texturas, manchas, planteamientos formales que no desdicen sino que acentúan los códigos. La presentación de las figuras recuerda algunos dibujos infantiles, en ocasiones el mosaico o el fresco de la cripta, el hilado de los tapices, una sencillez procurada y llevada a extremas consecuencias. Y como en el arte cristiano del medievo, parece que el conjunto obedece a leyes ordenancistas, imposiciones de lenguaje. En la medida en que Ramírez ha ido afinando su expresión, las aleaciones son otras. Ejemplo de ello, en la muestra que hoy nos ocupa, es el conjunto Menudos pedazos, armado con piezas que parecerían incompatibles por su diversidad, trozos de vida que nos proponen una mirada más vasta y ambiciosa, donde entra el ya socorrido collage, pero también la suma que acude a un orbe más complejo.

Si recordamos algunos mosaicos de basílicas italianas en los primeros siglos de la cristiandad, en los que sus protagonistas no parecen comunicarse entre ellos mismos, pues miran de frente al visitante, a nosotros, para remarcar la ejemplificación propuesta —pienso en la rotunda impresión que en Ravena me causó El milagro de los panes y los peces (del 520)—, al someterlos a una extrapolación maliciosa como sería fragmentarlos de su conjunto y colocarlos en circunstancias ajenas, ganan una connotación impensada, quizás surreal, siempre sorpresiva. Pero la simple acción de recortarlos de su medio y ponerlos en otro no bastaría para hacer una obra de arte. Debe implicarse el oficio que valora conquistas recientes y participa en un diálogo cercano. Es parte de lo que nos propone Ángel Ramírez. En esta nueva exposición ha creado espacios, conjuntos, ensamblajes que propician otra reflexión. Como los bizantinos cuidaron el seguimiento de la tradición, con más ventaja que otras su forma se ofrece a este juego. La colocación de letreros, a la que también recurrieron los pintores renacentistas, los que ilustraron salterios, libros de horas, frescos representativos de los pasos del calvario de Cristo, incluida La Anunciación del beato Angélico, continúa como parte de la clave icónica de Ramírez, ahora enriquecida con aventuras más atrevidas en el collage, en la asociación de elementos, en el degustar de manchas y texturas y en el acarreo de objetos que podemos considerar fortuitos. El artista alcanza una decantación de su propia gramática, utilitarismo fértil, desenfado y profundización en el color y la forma. Los ensamblajes Menudos pedazos,Velar por todos, Marchar unidos, Creer en algo y el que se permite realizar en presencia de los visitantes, constituyen una exaltación de la obra en progreso, de un oficio que a un tiempo se tiene como fatum y recreación. El hecho de que estas piezas se integren pero que se las pueda individualizar, ya es una provocadora  irreverencia.

En su juego nos involucra Ángel Ramírez, uno de los más cerebrales e inquietantes pintores del actual panorama plástico cubano. Como otros colegas de promoción, acude a ardides intelectivos, entra en seducciones desconocidas por buena parte de nuestra primera vanguardia del siglo xx, muy pintora, sí, pero obviamente ensimismados en sus propias conquistas. En las últimas décadas —a las que pertenece la trayectoria de Ramírez, con las ya historiadas generaciones de los ochenta y los noventa—, la plástica cubana acrecentó riesgos y vivió una eclosión libérrima, por igual asentada en el grafismo y el revival subrayado por apropiaciones. Ramírez da significado gravitante a ese término, que no se refiere a una moda.  Cuando se habla de apropiaciones, pocos saben lo que significan, otros no superan el pastiche, la copia y el frívolo afán de aggiornamento. En nuestro pintor una apropiación no es un robo para, después, no saber cómo emplear lo robado. A sus proposiciones plásticas da el valor de un finísimo bisturí que actúa en el tejido del tiempo, en función de una subversión de los tópicos. Cuenta con dos virtudes remarcables: el humor inteligente y una acuciosa destreza, ya sea en el grabado, la tela, la madera, la obra en relieve y en varias dimensiones. Reutiliza signos, pero escapa del viejo trascendentalismo, tan programadamente solemne y aquiescente que roza el ridículo. Frente a sus obras nos colocamos en un terreno cultivado, regodeo que sin traicionar la materia referencial se sirve de sus códigos para narrarnos historias contrapunteadas. Explicita sus referencias al aunar aventura plástica e intencionalidad en un diálogo sustentado por sonrientes provocaciones.

En sus manos la apropiación puede resultar paródica, o paradojal, pero siempre es flecha lanzada a un blanco. Sabe que si la deja en un cripticismo vacuo, no alcanzará la connotación deseada. Lo evidenció desde el principio, con una de sus series más logradas, donde le torció la significación icónico-católica al héroe medieval San Jorge —quien declara no saber como ni cuando acaeció la muerte del Dragón— y lo puso en situaciones más terrenales. El diálogo entre la figuración y el contenido de sus obras se ha vuelto más decantado y exigente. Reafirma un humor sin notas estruendosas. Ha optado por la sonrisa frente a la burda carcajada y le ha dado un saludable vuelco a códigos cimentados en una tradición sacralizadora. Para decirlo en buen romance, con gracia e inteligencia lanza una trompetilla a la solemnidad. La excepcionalidad del asunto radica en cómo lo hace.

Las técnicas gráficas acompañaron el paso de Ramírez a la pintura sobre tela o madera, a las variantes en relieve y a la estructura dimensional: objetos armables y juguetes que incluyeron el collage de papel, tinta y óleo. Luego de seleccionar los elementos frecuentes en su trabajo, se comprometió en una solución superadora del ejercicio autocomplaciente, ese que sin propósito ulterior solo reitera una habilidad. Sus elementos conocen una ilación que los lanza a otro significado. Vemos un icono cuya ascendencia reconocemos, pero su extrapolada presencia genera la «lectura diferente», en ocasiones juguetona y picante. La ironía, propia de la inteligencia, aporta un subrayado donde las imágenes, ahora desquiciadas, participan de nuevos contenidos, signos traducidos en otros signos, juego que compulsa al espectador desde códigos del arte convertidos en instrumentos de una recomposición subvertidora. Lo paródico tiende sus redes. Traviste sus fuentes en un enigma, para que agucemos la mirada. Más allá de catalogaciones artísticas, la provocación funciona como imán —¿fragmentos a su imán?—, con tan fuerte presencia como la belleza que consigue. El ojo avisado debe trazar su propio recorrido en un laberinto que al provocar el disfrute, engendra la sabiduría.

 

Reynaldo González
Impreso en catálogo plegable de la muestra personal “Menudos Pedazos” de Ángel Ramírez, Museo Nacional de Bellas Artes, La Habana, Cuba, septiembre del 2004.

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